Andrés podía pasar horas frente a una pantalla siendo alguien más. Empezó a los 14 como un hobby pero poco a poco dejó de dormir, de comer, de hacer su vida.
“Todo lo real lo dejé a un lado por el mundo de los videojuegos.”
Ahí podía tenerlo todo, cuando quisiera. Afuera, su vida se iba pausando. A los 22, su familia le dijo que tenía un problema pero no lo aceptó. Hoy, a sus 24, ya recibe ayuda y entiende que no era solo un juego. La Organización Mundial de la Salud reconoce la adicción a los videojuegos como un trastorno que necesita atención profesional. ¿Dónde está el límite entre jugar y perderte?